Examinando lo que está escrito en Génesis, cap. 1, sobre la Creación y pensando un poco en la predicación anterior sobre el Verbo de Dios y las distintas formas de Dios de engendrar a sus hijos y examinando la Historia Sagrada a través de los siglos y de las Tres Obras, bien podemos reconocer que el Nombre de Nuestro Dios, de Jehová de los Ejércitos y Todopoderoso, bien digo, lo podemos reconocer como Creador, sabio, ilustre y con todos los nombres admirables que puedan existir y al hacerlo con Dios, lo hacemos con la Santa Trinidad.
Al leer en Génesis sobre la Creación (cap. 1, vr. 2), hallamos escrito que antes de ella, “el Espíritu de Dios se movía sobre la haz de las aguas.”
Nos detendremos un poco en este pasaje y pensaremos en qué clase de agua se movía o paseaba el Espíritu de Dios.
¿Qué les parece a ustedes, qué clase de agua sería en la que paseaba Nuestro Dios? ¿Sería esta agua común? Creo que no.
Entonces tenemos que convenir que, como entre agua hay agua, Dios se paseaba en el agua de sabiduría. No nos olvidemos que Cristo habló del agua que salta para vida eterna y no era esta agua común. Porque no pensemos que antes de esta Obra maravillosa, en la que la criatura humana es su primer personaje y la razón por la cual Dios hizo lo creado.
No pensemos, decía, que Dios puede haber estado ocioso o en tinieblas, siendo Él el Padre de la Luz y la Luz misma. Porque entre luz también hay luz.
Otra cosa importante hallamos en el capítulo 1 y es que al cerrar cada día de trabajo, lo cerraba con el dicho: “Y vió Dios que era bueno.”
Estas palabras no se pueden tomar de otra forma, sino de esta manera: así como el hombre inventa, se imagina una cosa, la ve hecha antes de realizarla, y después pone mano a dicha Obra, y viéndola terminada se goza, se alegra, pues perfectamente como la había ideado, como la había visto por su clara visión, así perfectamente se realizó con toda la perfección imaginada, por lo tanto, de ahí la alegría y confirmación de lo que había pensado, planeado: y vió que era bueno.
Así en la misma forma tomaremos estas palabras referentes a Nuestro Dios.
En el versículo 1, leemos así: “En el principio creó Dios los cielos y la tierra.” Así que habla del principio de este mundo nuestro; y anteriormente a la Creación, Dios se paseaba sobre las aguas de la sabiduría: de lo que no hay fecha ni principio, escapa pues, por completo, a la mente del hombre.
Ahora, es muy importante recalcar que seis mil años son contados del momento que entró en vigor la Obra del Creador, teniendo como primer personaje a la criatura humana. Esta Obra del gran Creador, encerrada en misterios y secretos hasta casi tocar a su fin.
Porque algunos profetas escribieron el misterio entendiéndolo en partes, como por ejemplo le fué dicho a Daniel (cap. 12, vr. 9): “Y dijo: Anda, Daniel, que estas palabras están cerradas y selladas hasta el tiempo del cumplimiento.”
Porque tenemos que comprender que los profetas hablaron por la inspiración divina. Así es que nos encontramos con profecías como la de Daniel, cerradas y selladas hasta su tiempo. Mientras que en otras ocasiones sucedía que mientras el profeta mostraba al pueblo un bosquejo, él, con clara visión de Dios, tendía un puente de sabiduría a larga distancia. Por lo tanto, mientras el pueblo estaba entretenido con sus leyes y cosas en forma de bosquejo, por esa misma forma de ley y bosquejo, Dios le mostraba al profeta o le hacía hablar por la inspiración, de una sabiduría y ciencia aparejada para el fin de los días.
Por eso es que ahora, tomando el Nuevo y Viejo Testamento, nos encontramos que todos hablamos iguales y no hay disensión ni contradicción en nada, todo corresponde a una cosa bien organizada. Ahora, los seis mil años los contaremos del momento que Dios echó a Adam y Eva del Jardín del Edén.
Porque no podemos pensar ni creer que Dios descansó de toda su Obra el día sábado, y al otro día, o sea el domingo, el diablo, Satanás, le armó semejante desorden quebrando la paz y la bendición de Dios. De ninguna manera ésto puede ser así. Como Dios no tiene apuros ni hay quien se le escape de su presencia, porque, como dice el Salmo de Moisés, oración de Moisés, varón de Dios (Salmo 90, vrs. 4, 5 y 6), dice así:
“Porque mil años delante de tus ojos, son como el día de ayer, que pasó, y como una de las vigilias de la noche. Háceslos pasar como avenida de aguas; son como sueño; como la hierba que crece en la mañana: en la mañana florece y crece; a la tarde es cortada, y se seca.”
Así es pues, que si mil años son para Dios como el día de ayer, fácil pueden haber estado seis de esos días proféticos en el Jardín del Edén, tranquilos, Adam y Eva, y el Gran Creador, Nuestro Dios, contemplando lo más maravilloso que había hecho, la criatura humana. ¿No les parece que por ese lado vamos bien?
Porque: ¿cómo puede ser que a Dios le suceda eso, que hoy haga una cosa y mañana se la deshagan? Casi podemos decir que tal vez ni a un hombre le pase eso. ¿No es verdad?
Así es que Elías, Mensajero de Dios, y Eliseo, están de acuerdo en esta guía de Dios, que Adam y Eva estuvieron seis días proféticos en el Jardín del Edén, que equivalen a seis mil años. Mientras tanto la tierra, adornada con sus plantas y sus cosas, permanecía virgen, esperando los acontecimientos que ya estaban de Dios prefijados, pero que no podían acontecer antes de tiempo. En este caso viene bien el dicho de Salomón de que todo tiene su tiempo y nada es hecho fuera de tiempo. Así es que animales y plantas, todo estaba en marcha y en espera de su amo, dueño y señor, el hombre.
Mientras tanto Adam y Eva, con el otro plantío, con el plantío de Jehová como dice el profeta, se recreaban con las otras criaturas celestes que formaban el plantío de Jehová.
¿Qué les parece, cómo va la guía de Jehová?
Este pleito se desarrollaba entre el fuerte y el más fuerte, como dijo Jesús en el Evangelio según Lucas, cap. 11, vrs. 21 y 22: “Cuando el fuerte armado guarda su atrio, en paz está lo que posee. Mas si sobreviniendo otro más fuerte que él, le venciere, le toma todas sus armas en que confiaba, y reparte sus despojos.”
Por eso he dicho en predicaciones anteriores que por encima de las distintas preocupaciones de los hombres y de la misma historia de cada nación, está la historia de las cosas de Dios. Así que, como es lógico y justo que se respete la historia de cada nación con sus leyes y sus cosas, como lo dice San Pablo en su primera Epístola a Timoteo, cap. 2, vrs. 1 y 2:
“Amonesto pues, ante todas cosas, que se hagan rogativas, oraciones, peticiones, hacimientos de gracias, por todos los hombres; por los reyes y por todos los que están en eminencia, para que vivamos quieta y reposadamente en toda piedad y honestidad.”
Lo que quiero pues, aclarar, es que por encima de lo nuestro, lo terreno, se ha venido desarrollando la verdadera y gran batalla, y esa batalla no es otra que ésta: Dios se propuso fundar el mundo y colocar en él a la criatura humana conforme lo hizo, dándole leyes y mandamientos como lo hizo desde un principio en el Jardín del Edén, dejando a la vez a la criatura humana libre; quiero decir en libertad de acción para elegir: hacer caso, sí o no, en libertad. Sabiendo Nuestro Dios que la antigua serpiente, o sea el diablo, estaba desde un principio pronto para desbaratarle sus planes y con el firme propósito de hacer fracasar la Obra de Dios en la tierra. Esa es la lucha entablada desde un principio de la Creación entre el fuerte que es el diablo, y el más fuerte, que es Dios. Por eso Dios colocó de antemano en el Jardín del Edén el árbol de la vida, encontrándose también en el huerto, el árbol de la contienda, que fué el árbol del bien y del mal.
Ahora, no somos niños para creernos que se trataba de estos árboles comunes, pero de eso hablaremos, si Dios quiere, más adelante. (Gloria a Dios).
En esta lucha espiritual, Dios hizo confianza en el hombre que Él creó, confió en la inteligencia que Dios al hombre le dió: para que sepa elegir lo que más le conviene. Le dió inteligencia y sabiduría para que sepa pensar, razonar, escudriñar. En esa confianza se empezó la batalla cuya duración será seis mil años. Los guerreros, protagonistas principales son los hombres, mejor dicho, la criatura humana. Ahora, el comandante de los fuertes, es satanás, el diablo; y el Comandante de los más fuertes, es Dios, la Santa Trinidad.
Cada uno de estos comandos tiene su ejército. Dios tiene su ejército de Ángeles, y por eso se llama Jehová de los Ejércitos. Y el diablo tiene los de él, así como lo encontramos escrito en los Evangelios cuando Jesús echaba fuera a los espíritus inmundos. Así que repito, sabiendo Dios lo que iba a suceder en el Jardín del Edén, había colocado por anticipado el árbol de la vida.
Así fue pues, que después de seis mil años de comunión de Adam y Eva con los ángeles de Dios, después de ese período, recién cayeron de la gloria y de la gracia de Dios por transgresores del santo mandamiento.
Por eso dice el cap. 2, vr. 25 de Génesis, así: “Y estaban ambos desnudos, Adam y su mujer, y no se avergonzaban.” Pero aclaramos: estaban desnudos de esta ropa común nuestra, pero vestidos estaban de inmortalidad. Y el cambio después fue tan grande que se vistieron de esta ropa común nuestra, o para decir mejor, como está escrito: “cosieron hojas de higuera, y se hicieron delantales.” (Génesis, cap. 3, vr. 7).
Y también dice: “Y Jehová Dios hizo al hombre y a su mujer túnicas de pieles, y vistiólos.” (Génesis, cap. 3, vr. 21).
Pero perdieron la vestidura de santidad e inmortalidad. ¡Lindo negocio hicieron! ¿Qué les parece a ustedes el cambio? De santos e inmortales bajaron a ser pecadores y mortales.
Así es que todas las generaciones desde el principio hasta el fin, tendremos que luchar contra el mal, haciendo todo el bien posible, guardando los mandamientos de Dios para volver a conquistar lo perdido, para volver a conquistar la santidad e inmortalidad, para volver a ser el hombre espiritual, en espíritu vivificante como el segundo Adam, el cual es Cristo Jesús.
Porque como está escrito: por el primer Adam vino la muerte, pero por el segundo Adam vino la vida. Quiera Dios darnos gracia, para que ese don de Dios que es la sabiduría, inteligencia y ciencia, nos ayude para llegar a la meta final, con la victoria y el triunfo celestial. Amén.